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ACHAQUES

1Un día te levantas con una extraña molestia en el omoplato izquierdo. Una mala postura, te dices. Ahora que ya apenas te duele ese talón que a veces te trae a la memoria que hace veinte años te caíste de una escalera de la forma más tonta mientras cambiabas una bombilla fundida, viene otro achaque más a avisarte que de aquí en adelante no te librarás de la tiranía del dolor en sus más variadas presentaciones, desde el pinzamiento ciático, hasta la atenazadora tortícolis, pasando por el martilleante dolor de cabeza que te provoca la migraña y demás padecimientos “propios de la edad”. Te acercas a los cincuenta años y tu cuerpo te va dando cuentas de su desgaste interno y pide nuevos cuidados. A menudo te recuerda preventivos refranes: Menos plato y más suela de zapato; Desayunar como un emperador, comer como un rey y cenar como un mendigo. Ya no recibes el día de tu cumpleaños el frasco de Agua Brava o el polo  Lacoste, que en diez años pasó de una L a una XXL. Ahora te regalan el frasco de Adidas, para recordarte que existe algo que se llama deporte; o una sudadera, para que sepas que existe el footing. Pero llevas peor el día de San Valentín, cuando te regalan una cajita de píldoras azules para recordarte que ya a veces también te falla la parte de tu cuerpo que más aprecias. O el día del padre, cuando recibes una caja del tamaño de la de zapatos que en realidad contiene un tensiómetro; o un mullido paquete que no contiene un albornoz, sino una almohada para la relajación de las vértebras cervicales mientras duermes.
            Sí, empiezas a entrar en la dinámica de los achaques y te acuerdas de cuando hacías lo que te daba la gana con tu cuerpo. De las veces que fuiste a trabajar sin dormir después de pasarte toda la noche de juerga. Ahora, imposible. Y observas en tus conocidos coetáneos sus deterioros externos: los kilos de más, las arrugas, la calvicie. Algo que en ti no ves. Te dices que qué estropeado está tu amigo Venancio. Y tu amigo Venancio piensa que los años no pasan en balde cuando se cruza contigo por la calle.

 

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SPANGLIS

juan-jimenez-ella-y-yo“Después de hacer running, iremos de shopping, ¿okey? Luego intentaremos pillar un vuelo lowcost en la agencia de viajes; y después nos cambiaremos de look en la pelu Dreamhair. Goodbye” te dijo por teléfono tu sobrina Mela en spanglis cuando la llamaste para preguntarle qué tenía pensado hacer ese día.Y tú, que eres castellana de prosapia, estuviste a punto de replicarle: “A ver, querida sobrina, primogénita de mi hermana Maricarmen, ¿por qué dices running en vez de correr; shopping en vez de ir de compras; okey en vez de deacuerdo; luwcost en vez de bajo costo; look en vez de imagen; goodbye en vez de adiós?”.

Porque te rechinan los tímpanos cada vez que lees u oyes esas palabras anglosajonas –existiendo sus equivalentes en castellano- mezcladas con la lengua de Cervantes.

¿Y el deporte? Parece que las palabras inglesas se han ensañado con el deporte español y están ganando por paliza a las castellanas. “Vamos a hacer running con nuestras trail running shoes”. ¡Qué in! Y ya no vale decir hacer gimnasia de mantenimiento, no, tiene que ser fitness, que queda más… ¿fashion? No, fashion no, que se usa más para la moda; pongamos cool. Eso sí, no llames a tu monitor entrenador, llámale personal trainer. Y si eres futbolista llámale mister. Y el basket ha derrotado en casa al baloncesto.

Cuando aprendiste a leer, hace más de cuarenta años, ya existían algunas palabras inglesas camufladas entre las castellanas: stop, parking, casting, single. Fueron las primeras palabras que te pusieron en contacto con el idioma inglés, que más tarde estudiarías, aunque no llegaste a aprenderlo como Shakespeare manda. Así pues siempre has preferido evitar entremezclar palabras inglesas y castellanas, porque crees que hacerlo es vulgarizar los dos idiomas; algo así como faltarles al respeto.

También el mundo del arte está siendo impregnado de spanglish. Últimamente muchos artistas españoles recurren al idioma inglés para dar el título a sus obras. Supones que van buscando un toque de “originalidad”.

Por eso sueles llevar un diccionario español-inglés a todas las exposiciones. Sobre todo a las de arte abstracto. Qué remedio.

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DOBLE MORAL

La primera definición de la palabra moral en el diccionario de la RAE es la siguiente: Perteneciente o relativo a las acciones o caracteres de las personas, desde el punto de vista de la bondad o malicia.

Supongo que esto es aplicable a todo tipo de personas, tanto instruidas como iletradas, tanto pobres como ricas, tanto religiosas como laicas. Un ignorante puede ser el más amoral de los astutos al igual que un instruido el más moralista de los mortales; el pobre ha de intentar parecer un humilde desposeído de todo, menos de moral, para que al rico se le atribuya su riqueza a costa de su falta de moral; y no es menos cierto que al religioso siempre se le otorga una dosis mucho mayor de moralidad que al laico, al que en muchas ocasiones el primero acusa de inmoral por el hecho de no seguir ningún credo.

Lo cierto es que el hábito no hace al monje; que no es lo mismo predicar que dar trigo; y que hay quien vive a Dios rogando y con el mazo dando. La moralidad se estira y se encoge en cada cuerpo mortal conforme a sus circunstancias y pretensiones, de ahí que adquiera ese grado de ambigüedad más o menos aparente.

Cada uno de nosotros sabemos de excelsos moralistas que acabaron prendidos de  los pingajos de sus vergüenzas. Me vienen a la cabeza dictadores de comunión diaria a los que no les temblaba el pulso cuando firmaban sentencias de muerte. U otros, estos ateos y promulgadores de la igualdad entre los hombres, que desde su estado de comodidad, exigían a su pueblo votos de austeridad.

Es frecuente escuchar a políticos de izquierda acusar a los de derecha de ser buenos en el manejo de la doble moral porque en su día se opusieron al divorcio y muchos se divorciaron; al matrimonio homosexual y algunos se casaron en versión homo. En definitiva, dónde dijeron don dicen Diego. Pero también vemos a políticos que se declaran de izquierda pavoneando sus figuras neo-burguesas tras las bambalinas del teatro de la gente guapa, declamando por lo bajinis: consejos vendo y para mí no tengo.