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DOBLE MORAL

La primera definición de la palabra moral en el diccionario de la RAE es la siguiente: Perteneciente o relativo a las acciones o caracteres de las personas, desde el punto de vista de la bondad o malicia.

Supongo que esto es aplicable a todo tipo de personas, tanto instruidas como iletradas, tanto pobres como ricas, tanto religiosas como laicas. Un ignorante puede ser el más amoral de los astutos al igual que un instruido el más moralista de los mortales; el pobre ha de intentar parecer un humilde desposeído de todo, menos de moral, para que al rico se le atribuya su riqueza a costa de su falta de moral; y no es menos cierto que al religioso siempre se le otorga una dosis mucho mayor de moralidad que al laico, al que en muchas ocasiones el primero acusa de inmoral por el hecho de no seguir ningún credo.

Lo cierto es que el hábito no hace al monje; que no es lo mismo predicar que dar trigo; y que hay quien vive a Dios rogando y con el mazo dando. La moralidad se estira y se encoge en cada cuerpo mortal conforme a sus circunstancias y pretensiones, de ahí que adquiera ese grado de ambigüedad más o menos aparente.

Cada uno de nosotros sabemos de excelsos moralistas que acabaron prendidos de  los pingajos de sus vergüenzas. Me vienen a la cabeza dictadores de comunión diaria a los que no les temblaba el pulso cuando firmaban sentencias de muerte. U otros, estos ateos y promulgadores de la igualdad entre los hombres, que desde su estado de comodidad, exigían a su pueblo votos de austeridad.

Es frecuente escuchar a políticos de izquierda acusar a los de derecha de ser buenos en el manejo de la doble moral porque en su día se opusieron al divorcio y muchos se divorciaron; al matrimonio homosexual y algunos se casaron en versión homo. En definitiva, dónde dijeron don dicen Diego. Pero también vemos a políticos que se declaran de izquierda pavoneando sus figuras neo-burguesas tras las bambalinas del teatro de la gente guapa, declamando por lo bajinis: consejos vendo y para mí no tengo.