Sobre el Autor: Juan Jiménez Parra

Descripción
Cáceres, 1962. Pintor y Escritor.

Entradas por Juan Jiménez Parra

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TECNOLOGÍA

grapadora

La tecnología avanza, y con ella su beneficio y su peligro para el ser humano. Fuera de las máquinas bélicas, más sofisticadas cada vez, el hombre también idea otros aparatos que destruyen sin matar. Pongamos el ejemplo de esa máquina que suple a diez, veinte o treinta operadores en una cadena de montaje de automóviles; o en una fábrica de hilaturas. ¿Y qué me dicen de esa operadora de telefonía robotizada con la que tienes que tratar como si fuese de carne y hueso marcando teclas? Algunas gasolineras han colocado cobradores automáticos. Llegas, te sirves el combustible, pagas introduciendo la tarjeta de crédito en el cajero y te marchas. Lo normal es que te plantees qué beneficio tiene para ti como cliente ese tipo de dispensación. Y llegas a la conclusión de que quien realmente se beneficia es el dueño del negocio, que se ahorra un trabajador que te sirve el combustible y otro que te cobra. Ojo con la tecnología, que a los trabajadores se nos está subiendo a la chepa para provecho de cuatro listos grandes empresarios enriquecidos que quieren enriquecerse aun más. A este paso a mi amigo Lorenzo, que es camarero, le quitará el trabajo un hierático androide repeinado; o veremos a una pizpireta muñeca robótica, escoba en una mano y fregona en otra, haciendo el trabajo de una empleada de hogar. Ya tenemos máquinas artistas que hacen retratos imitando varias técnicas pictóricas: óleo, acuarela, carboncillo. Así pues, que nadie se sienta seguro en su trabajo, porque un aparatejo muy tecnificado le puede birlar el puesto.

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POBRES

 

POBRES

Después de escuchar la canción Disculpe el señor de Joan Manuel Serrat, que habla de un hombre rico que fue víctima de su propia riqueza, he recordado una historia similar que hace tiempo me contó mi amigo el octogenario escritor don Eliseo García.  La canción de Serrat nos cuenta cómo un mayordomo interrumpe a su señor para comunicarle que dos pobres preguntan por él en el recibidor de su casa, porque, al parecer, el señor tiene algo que les pertenece. Pero el señor se niega a recibirlos. Trascurrido un tiempo a estos dos pobres se unen otros, y luego otros tantos, y más, hasta que se suman por miles. Llega un momento que el mayordomo no puede contenerlos y deja que pasen y se las entiendan con su señor diciéndole: “Que Dios le inspire o que Dios le ampare, que esos no se han enterado que Carlos Marx está muerto y enterrado”.

            La historia que me contó don Eliseo viene a ser similar, pero su final es muy distinto. En la narración del octogenario escritor, el mayordomo, una vez que se ve desbordado por la ingente cantidad de necesitados, aconseja al señor rico que preste dinero a cien pobres de los miles que han invadido su casa, en suficiente cantidad para que cada uno pueda crear su empresa, algo que el propio mayordomo se compromete a garantizar supervisándolos. A regañadientes el señor así lo hace. Y estos cien pobres comienzan a montar sus negocios, dejan de ser pobres y cada uno da trabajo a otros cien pobres. El señor comprueba satisfactoriamente que el número de pobres que ocupan su casa ha disminuido en 10.000. Algunos de estos 10.000 crean nuevas empresas y comienzan a dar trabajo a otros pobres que a su vez se convierten en empresarios y en empleadores de otros pobres, quienes poco a poco van desalojando la casa del señor. Llega el día que este se sorprende gratamente al comprobar que por su casa ya no merodea ningún pobre; y además va recibiendo de ellos el dinero prestado.

        Y así termina el cuento. Los pobres dejaron de ser pobres, y el señor dejó de ser tan rico riquísimo, pero fue muy feliz porque vivió tranquilito asistido por su sensato mayordomo.

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MADERA DE POLÍTICO

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            Seguramente, después de leer este texto, muchos pensarán que soy un tipo demasiado ingenuo. Me pregunto con frecuencia porqué hay personas con un interés irrefrenable por pillar un puesto político importante. Se embaucan a través de un partido en una carrera que les lleve a ser alcaldes, consejeros, secretarios generales, ministros o, lo más, presidentes de gobierno. Por regla general suelen ser gente con puestos de trabajo bien remunerado –excepto el aprovechado de turno con labia fácil y falta de escrúpulos que se cuela en la política porque no es capaz de hacer otra cosa-, y sin embargo eligen dedicar parte de su vida a ejercer un trabajo que les obliga a contraer grandes responsabilidades y les expone a ser objeto de todas las descalificaciones posibles.

            Sí, no entiendo porqué una persona, pongamos a Rajoy, aguanta estoicamente tantos varapalos por conservar la batuta gubernamental, pudiendo estar tranquilamente en su casa haciendo lo que se le antoje, a salvo de insultos y reproches. O Rubalcaba absorba, de igual manera, la ofensa de los contrarios en su lucha por hacerse con el gobierno.

            Creo que para ser político activo y con cargo hay que estar hecho de una madera especial. Estar preparado para que tu imagen se ridiculice en las caricaturas de los periódicos y en programas de televisión o radio, las decisiones que tomas se detesten y te conviertas en un personaje al que se lincha verbalmente con toda clase de improperios, tus pensamientos se abominen y seas tachado de inmundo enemigo de la sociedad. Y sin embargo ese político de oficio lo da todo y aguanta todo por no perder comba. Eso sí, siempre buscando el viento que sople los votos a su favor, aunque se acuesten pensando que cuando despierten les espera una agenda cargada de obligaciones ineludibles. ¿Por qué engancha tanto la política? Con lo que sufren algunos políticos.

            No encuentro una respuesta convincente. Quizá se deba a que tienen razón los que piensan que soy demasiado ingenuo.

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CENSORES

LOS OTROSHace cincuenta años España era un país habitado por españoles apenas interesados por el arte en general. Salían de la famélica posguerra en la década de los cincuenta con pocas ganas de guardar en la alacena lo que no fuera tocable, ya que lo únicamente visible no paliaba el hambre, y el hambre es un monstruo ciego y rabioso al que no se calma dándole a comer los panes amasados por el alma. ¿Y qué es el arte, sino un vistoso canapé ideado para ser percibido y saboreado sólo por el alma? El español de los cincuenta no se podía alimentar intelectualmente si las tripas le sonaban, y por eso observaba con más interés culinario que artístico un apetitoso bodegón de Zurbarán; o las superficies gratinadas de Tapies, a las que por otro lado, no encontraba ningún sitio por donde hincar el diente. Esto primero, y el afán del régimen franquista -instigado por la iglesia católica, que era la que ponía las tijeras- de impedir que los españoles con capacidad creativa innovadora destaparan el frasco de sus esencias, después, fueron las causas de que mostráramos al mundo una España anodina e incolora, que extendía muy tímidamente la mano a tendencias artísticas que no fueran consideradas estéticamente decorosas por las autoridades competentes -ya fueran cocinadas en la propia patria o en extranjeras democracias libertinas-. Una España autárquica y cateta, plasmada en vacuas películas en blanco y negro filmadas para lucimiento de cantantes al uso.

Ahora el español normalito y corriente no sólo ve en los membrillos de Zurbarán apetitosa carne de fruta para hacer mermelada, sino unos frutos de los que un pintor se sirvió para crear una armoniosa y sencilla composición pictórica. Ni percibe en una obra de Tapies únicamente una enorme empanada, sino una impregnación de materia elemental y terrosa cargada de simbología. Se aceptan todas las propuestas artísticas, sean o no compartidas. El español de hoy es un apasionado cinéfilo que elige libremente qué películas ver, qué libros leer, qué música escuchar. El hambre de pan ha dejado paso al hambre de conocimiento, y todo cabe en el menú. Pero parece ser que algunos, en los que delegaron aquellos antiguos censores, se sienten dolidos -sin ser realmente abofeteados- cuando algún cerebro díscolo medita más de la cuenta y propone argumentos e ideas que refutan sus inflexibles dietarios, esos manuales que interpretan a su conveniencia para justificar que su ideario de vida es el auténticamente puro, justo y verdadero. Se los suele ver intentando malear el ambiente en celebraciones que consideran blasfemas, ateístas o insanas; amonestan a todo aquel que proponga una forma de vida  que ellos consideran anómala, aunque no encuentren una razón lógica para demostrarlo. Y lo peor de todo, incluso manifiestan sentirse perseguidos por esos a los que ellos atosigan.  Quizá teman que lo que ellos consideran pecados ajenos impidan su entrada triunfal en su cielo. Pero deben entender que, al igual que ellos eligen libremente qué hacer con su vida, los demás también tienen derecho a hacerlo, siempre y cuando no se dañe física o síquicamente a otros que no piensen igual.

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LAS CHICAS DE LA UNI

 

            Plaza Mayor de Cáceres, sábado 18 de marzo de 1978, seis de la tarde. Un autobús urbano aparece desde la calle General Ezponda –si quieren Calle de los Vinos, ahora peatonal-, gira a la derecha y para junto a los soportales, a la altura del bazar El Barato y la pastelería  La Salmantina –establecimientos ya desaparecidos-. Las  puertas del vehículo se abren y de él desciende una multitud de chicas que van al encuentro de chicos que las esperan solos o en grupos. Son las chicas de la Uni, alumnas de la Universidad Laboral de Cáceres que suben al centro de la ciudad a pasar la tarde.

      La Universidad Laboral se inauguró en 1967, el primer curso estuvo destinado a alumnado masculino, y se estudiaron cursos de Formación Profesional relacionados con la mecánica, la topografía, la agricultura y la ganadería. Pero a partir del curso 1968-69 se dedicó a la enseñanza de Bachiller Elemental y Superior, C.O.U , F.P,  B.U.P  y  A.T.S, dirigido sólo a chicas en régimen de internado, hasta 1978. Los últimos años también acogió a alumnos mediopensionistas.

            Hace unos días, a un antiguo amigo que me encontré en la calle Pintores, le invadió la nostalgia y me recordó la llegada de aquellos autobuses con sus inolvidables pasajeras. “Debes escribir algo sobre eso”, me sugirió. Y le he hecho caso. Creo que merece la pena evocar aquel Cáceres “pre-movida” que tenía una población añadida de más de 1.000 féminas .

            Entonces existían dos discotecas en La Madrila de las que surgieron muchas relaciones entre cacereños y chicas de la Uni: Faunos y Bols (la primera ahora Down, y la segunda Ivanhoe).  En Faunos ponían  música  rock (Rollig, Eric Clapton, Lou Reed, Deep Purple…); en Bols música disco (Boney M,  Bee Gees, Village People…). Pero la música lenta era la más esperada.  Creo que no hace falta decir porqué.

             A las 10 de la noche del sábado y del domingo, las chicas de la Uni esperaban en el Múltiple y en la Plaza Mayor a los autobuses que las llevaban de regreso a la Universidad Laboral.

            Supongo que algunas chicas de la Uní se llevarían buenos recuerdos de su paso por nuestra ciudad; puede que otras hayan hecho todo lo posible por no recordarla. Sé que varias se casaron con cacereños y siguen viviendo en Cáceres. Otras quizá se fueron con ganas de no irse porque no querían olvidar a alguien que se quedaba.

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CÁCERES NO TIENE RÍO

RIO

            En invierno, sin embargo, jugábamos al clavo en la tierra arcillosa del campino, y rompíamos los carámbanos de los charcos para embarrarlos con las botas Katiuska. También hacíamos pequeñas fogatas prohibidas a escondidas y nos restregábamos la ropa con tierra húmeda, para intentar, inútilmente, desprendernos del olor a humo e impedir que nuestros padres, al olernos, descubrieran nuestro quebrantamiento. Y en el regatino, en invierno más caudaloso e inquieto, echábamos palitroques al agua turbia, barcos imaginarios que surcaban a la deriva la corriente. Que descendían compitiendo bajo puentes que construíamos con pequeños tablones de madera.

            Esto ocurría los primeros años de la década de los setenta, cuando yo era un chiquillo de diez años, que vivía en un pequeño barrio periférico de Cáceres conocido por Barriada de Pinilla. Ese cúmulo de edificios sobrios sigue estando donde estaba y sigue siendo lo que era, un continente de pequeñas viviendas de estructura elemental y sólida, habitadas por gentes sencillas. Pero el regatino ya no está, fue anulado por los cimientos de los bloques de ladrillo visto que forman las calles de ese nuevo barrio que se llama Mejostilla. A veces, cuando hablo con amigos de entonces, emerge desde nuestras memorias aquel río menudo sin nombre que no nacía en ninguna parte, ni desembocaba en ningún sitio. Quizá fuese un arañazo fortuito de una uña de Dios. Bien podría Dios entonces haber hundido más su dedo en la tierra para que el tajo hubiese quedado más ancho y profundo; y así Cáceres hubiese sido conocida por su ciudad antigua y por un río endiosado. Pero no,  Cáceres no tiene río.

            A veces pienso que lo único que le falta a Cáceres para ser la ciudad soñada es un río, un cauce reflectante y pacífico, que se abra pasillo por sus calles e invite a los edificios a duplicarse en el agua. Un río, con puentes romanos y medievales de piedras apretadas y seguros tajamares, que sirvan a las gentes de acceso a su ciudad antigua; y  otros puentes más nuevos, más modernos, de estructuras metálicas y pilares de hormigón, pensados para ofrecerse al tráfico rodado y para marcar las épocas históricas de la ciudad. Un río, cuya orilla albergue sauces que lloren sobre bancos donde los amantes se sienten a leerse poemas robados al agua; y los niños echen al mar barcos de papel que se pierdan por el horizonte hasta encontrar orillas remotas; y los más viejos den paseos al atardecer acostumbrando sus ojos cansados al cauce tranquilo. Un río, donde la luz del día se recoja y la luna hunda su lengua redonda para avivar la oscuridad de la noche.

            Sí, aquel insignificante regatino de la Barriada de Pinilla, u otros regueros escasos cercanos a Cáceres, bien podrían haber sido profundas incisiones en la tierra de Dios. O bien aquel procónsul romano llamado Cayo Norbano Flaco podía haberse parado a beber agua en un afluente del Tajo y decidir levantar en su orilla una colonia  llamada Norbensis Caesarina, que luego se llamaría Al Qazris para los árabes, y después Cáceres para los cristianos. Pero no, Dios, o un procónsul romano, no quisieron que Cáceres tuviese su río. Y muchos cacereños sueñan con un río.

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PERROS

 

Me gustan los perros. Son animales que se acostumbran fácilmente al trato humano. Dóciles y muy nobles, tienen, en general,  un cierto semblante cómico. No sé, esos movimientos remisos y lerdos en los grandullones. Esa inquietud instantánea, alertada, en los medianos. Y ese desparpajo chuleta y quisquilloso en los que más suelen ladrar, los pequeños. Eso sí, todos tienen siempre una mirada amigable. Digamos que los perros son buena gente; como todos los animales. Creo que de cualquier animal no se puede chismorrear nada malo en corrillos de pasillo, excepto de los bípedos con faldas o pantalones. Los animales nunca actúan por maldad, siempre lo hacen por instinto. Si en verdad existe el paraíso celestial, debe ser el zoológico más grande imaginable.

            Yo no tengo perro. Sé que un perro es un compañero muy necesitado a su vez de mi compañía. Se acostumbra a depender demasiado de uno. A salir a la calle a pasear cuando yo esté dispuesto a hacerlo, a comer a diario comida de perro que debo comprar a sacos en los supermercados, a llevarlo al veterinario cuando sea de necesidad, a tenerlo bien aseado y a recoger sus heces de la acera tras sus deposiciones. El pobre no sabe que está feo hacerlo en la acera, es un perro y se conduce al dictado de su instinto. Entiendo que un perro necesita de cuidados que yo no puedo ofrecerle, por lo tanto prefiero no codearme noche y día con ninguno.

            Me place escuchar a algunos amigos hablar de sus perros. A Pepe decir que su mastina Kenia es tranquila y buenaza, pero eficiente a la hora de defender su territorio. Felipe comenta que su perro, Rufo, de raza inconclusa, no se desenvuelve bien en sociedad, es algo cascarrabias y le cuesta hacer amigos canes. Me viene a la cabeza Thor, el bichón maltés de Julián, revoltoso y zalamero, antimisógino porque nunca ladra a las chicas y sin embargo se cabrea a rabiar cuando huele a varón.

            Sí, me gustan los perros, pero no me gustan algunos dueños de perros.

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EL DELIRIO DEL MERCADER

El psiquiatra argentino Olivio Sénecas había recibido en su gabinete a todo tipo de individuos delirantes y paranoicos. Había escuchado atentamente muchas historias ciertamente extraordinarias, pero descaradamente inverosímiles, de personas que decían ser quienes no eran o lo que no eran; habitar donde no habitaban o poseer lo que no poseían. Pero no eran mentirosos compulsivos que intentaban adornar sus simplezas recurriendo a todo tipo de invenciones fantasiosas; ni tampoco cínicos esporádicos que intentasen salvarse de alguna criba o convencer al prójimo, con un fin provechoso para ellos, de que vieran lo que no existía y oyeran lo que no sonaba. No, los mentirosos del doctor Olivio Sénecas eran sujetos angustiados o inconscientes sometidos a los caprichos de su descontrolado cerebro.

            Por su gabinete habían pasado todo tipo de personalidades y suplantadores. Por ejemplo, un paciente que decía llamarse Mijáilovich Petersen y ser un cuarto astronauta que había llegado a la luna en el Apolo XI. Afirmaba que su presencia fue anulada para los medios de comunicación cuando el comité de seguridad de la NASA descubrió que en realidad era un espía ruso que hábilmente había conseguido infiltrarse como miembro de la tripulación. Sus compañeros Aldrin, Collins y Armstrong lo habían mantenido atado a un sillón de la cápsula durante todo el viaje. Otro ejemplo: Una paciente alemana bastante anciana llamada Pia Shuitzler había confesado al doctor Olivio Sénecas ser en realidad Eva Braun, la inseparable amante de Adolf Hitler, quien, con la ayuda del general Franco, la había puesto a salvo mandándola en avión desde España a Argentina dos meses antes de la muerte del dictador nazi. Aseguraba que sabía que varios cazanazis judíos estaban tras su pista y había rogado al doctor que no la delatara a la policía.

            Un día llegó a su gabinete un sujeto sudoroso y tembloroso, en un estado de excitación incontrolable, que alegaba que el dinero le perseguía persistentemente y que su existencia se asemejaba a la del rey Midas, que todo lo que tocaba se convertía en oro. “Ya no puedo más doctor. No puedo seguir viviendo sólo para ver como el dinero se multiplique ante mi vista. Sepa que yo no lo busco, él me viene sin que le llame, y me rodea, y me persigue, y no me deja en paz. ¡Quítemelo de encima doctor, por favor! Esto es un castigo, el dinero se me mete en la cama, en los armarios de los cuartos de baño, debajo de los platos, dentro de los calcetines…No tengo intimidad, doctor, no tengo sosiego. ¡Ayúdeme!”, suplicaba el paciente.

            El enfermo en cuestión era don Pedro Fausto O’neall, uno de los hombres de negocios más acaudalados del país. Ese día el doctor Olivio Sénecas descubrió una nueva enfermedad neurológica a la que llamó “Delirio del Mercader”.

Al parecer la suelen padecer grandes magnates de las finanzas a los que su irrefrenable ambición les arrebata la cordura y comienzan a ver en sus codiciados objetos de deseo verdaderos enemigos animados excesivamente agresivos.

Gracias al doctor Olivio Sénecas la enfermedad tiene cura, pero son pocos los enfermos que aceptan su diagnóstico y se someten a un tratamiento. Es más, la mayoría hace todo lo posible por enfermar todo lo que su dinero les permite.     

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CAMBIO SOCIAL

Pronto podremos ver en los cines una película de ciencia ficción de esas  catastrofistas que suelen dar mucho dinero a quien las produce y a quien se encarga de meternos su tráiler en la sopa vía televisión. Trata de unos poderosos alienígenas que vienen a salvar el planeta tierra, cuya continuidad peligra debido al mal trato que le estamos dando los humanos. El caso es que estos extraterrestres resultan ser unos espabilados conquistadores a la vieja usanza colonial que quieren anexionar un terrenito más a su imperio interplanetario. Esto me suena a vieja historia, como aquella que nos habla de unos señores muy buenos que hace quinientos años llegaron a América con el propósito de enseñar a sus salvajes habitantes educación europea y a conocer a Dios, y a cambio se llevaron a su casa unas patatitas y unos tomatitos de nada. Visto como está hoy América Latina, llegamos a la conclusión de que aquellos señores conquistadores no eran caballeros tan buenos, ni los oriundos de aquellas tierras indígenas tan salvajes.

Pero volviendo al presente, y saliendo de cinematográficas fantasías, la idea de que nuestro planeta necesita un cambio de imagen y de conducta se empieza a extender entre los habitantes del mundo que ven en esta crisis un aviso más que una amenaza,  un susurro al oído que dice: “Chico, tienes que cambiar, que vas por mal camino”. De ahí que se comience a hablar de un cambio social universal: un renacimiento contemporáneo globalizado. Los más juiciosos recomiendan esa medicina a esta tierra enferma.

Claro, que hay que ver el escaparate que presentamos el género humano: tanto socialista aburguesado, tanto liberal materialista, tanto fascista colérico, tanto intolerante obstinado, tanto multipropietario avasallador, tanto político populista, tanto defensor fanático de la verdad divina. Difícil se presenta el cambio.

A sabiendas de que el rico no quiere entender de estrechuras y al menos rico le encanta entender de anchuras, ¿quién inyecta la primera dosis de cambio social al mundo?

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ECONOMÍA PARA NIÑOS

La huchita infeliz es un cuento que trata de doce hermanos huerfanitos humildes que tienen una hucha donde guardan su dinero para chuches. Uno de ellos, llamado Chemita, se hace custodio de la hucha al ganarle una partida de parchís a Felipín, encargado de ella hasta ese momento. A Chemita un día se le aparece un hada llamada María de la Construcción y le da dinero hasta llenar la huchita. Entonces Chemita, al ver la hucha llena, comienza a abrirla con frecuencia y anima a sus hermanitos a comprar más chuches para que presuman de ser ricos ante doña Ángela Merkado, la vecina más pudiente del barrio y la que decide quién tiene derecho a vivir en él. Y estos así lo hacen, contentos de que su huchita está feliz gracias a la generosidad de María de la Construcción. Chemita comienza a juntarse con Jorgito, un niño rico de otro barrio que compra petardos y asusta a otros niños. Entonces deciden dar la custodia de la huchita a Pepito Luís, el más sonriente de los hermanitos. Pepito Luís sigue recibiendo dinero de María de la Construcción, e igual que hiciera Chemita, incita a sus hermanos a comprar muchas chuches. Pero hete aquí que un día el hada María de la Construcción se va del barrio y los hermanitos dejan de recibir dinero para su huchita, que comienza a vaciarse, y se ven obligados a disminuir drásticamente su consumo de chuches, a la vez que acusan de mal previsor a Pepito Luís. Ante esto, deciden elegir a Marianín nuevo custodio. La señora Ángela Merkado les amenaza con echarlos del barrio, y acosa a Marianín para que no compren chuches hasta que se llene la huchita y vuelvan a ser pudientes. Y Marianín deja de abrir la huchita. Algunos hermanitos piensan que es lo mejor que puede hacer, aunque no coman chuches hasta que se llene de nuevo. Otros creen –cosa que comparto- que debería sacar parte de lo que hay en la huchita y comprar chuches al por mayor, comer algunas y el resto venderlas para ganar más dinero y reponerlo. Y de paso, obligar a devolver las huchitas que algunos hermanitos jetas tienen escondidas y llenaron vendiendo chuches sisadas.