POBRES

 

POBRES

Después de escuchar la canción Disculpe el señor de Joan Manuel Serrat, que habla de un hombre rico que fue víctima de su propia riqueza, he recordado una historia similar que hace tiempo me contó mi amigo el octogenario escritor don Eliseo García.  La canción de Serrat nos cuenta cómo un mayordomo interrumpe a su señor para comunicarle que dos pobres preguntan por él en el recibidor de su casa, porque, al parecer, el señor tiene algo que les pertenece. Pero el señor se niega a recibirlos. Trascurrido un tiempo a estos dos pobres se unen otros, y luego otros tantos, y más, hasta que se suman por miles. Llega un momento que el mayordomo no puede contenerlos y deja que pasen y se las entiendan con su señor diciéndole: “Que Dios le inspire o que Dios le ampare, que esos no se han enterado que Carlos Marx está muerto y enterrado”.

            La historia que me contó don Eliseo viene a ser similar, pero su final es muy distinto. En la narración del octogenario escritor, el mayordomo, una vez que se ve desbordado por la ingente cantidad de necesitados, aconseja al señor rico que preste dinero a cien pobres de los miles que han invadido su casa, en suficiente cantidad para que cada uno pueda crear su empresa, algo que el propio mayordomo se compromete a garantizar supervisándolos. A regañadientes el señor así lo hace. Y estos cien pobres comienzan a montar sus negocios, dejan de ser pobres y cada uno da trabajo a otros cien pobres. El señor comprueba satisfactoriamente que el número de pobres que ocupan su casa ha disminuido en 10.000. Algunos de estos 10.000 crean nuevas empresas y comienzan a dar trabajo a otros pobres que a su vez se convierten en empresarios y en empleadores de otros pobres, quienes poco a poco van desalojando la casa del señor. Llega el día que este se sorprende gratamente al comprobar que por su casa ya no merodea ningún pobre; y además va recibiendo de ellos el dinero prestado.

        Y así termina el cuento. Los pobres dejaron de ser pobres, y el señor dejó de ser tan rico riquísimo, pero fue muy feliz porque vivió tranquilito asistido por su sensato mayordomo.

Sobre Juan Jiménez Parra

Cáceres, 1962. Pintor y Escritor.