CENSORES

LOS OTROSHace cincuenta años España era un país habitado por españoles apenas interesados por el arte en general. Salían de la famélica posguerra en la década de los cincuenta con pocas ganas de guardar en la alacena lo que no fuera tocable, ya que lo únicamente visible no paliaba el hambre, y el hambre es un monstruo ciego y rabioso al que no se calma dándole a comer los panes amasados por el alma. ¿Y qué es el arte, sino un vistoso canapé ideado para ser percibido y saboreado sólo por el alma? El español de los cincuenta no se podía alimentar intelectualmente si las tripas le sonaban, y por eso observaba con más interés culinario que artístico un apetitoso bodegón de Zurbarán; o las superficies gratinadas de Tapies, a las que por otro lado, no encontraba ningún sitio por donde hincar el diente. Esto primero, y el afán del régimen franquista -instigado por la iglesia católica, que era la que ponía las tijeras- de impedir que los españoles con capacidad creativa innovadora destaparan el frasco de sus esencias, después, fueron las causas de que mostráramos al mundo una España anodina e incolora, que extendía muy tímidamente la mano a tendencias artísticas que no fueran consideradas estéticamente decorosas por las autoridades competentes -ya fueran cocinadas en la propia patria o en extranjeras democracias libertinas-. Una España autárquica y cateta, plasmada en vacuas películas en blanco y negro filmadas para lucimiento de cantantes al uso.

Ahora el español normalito y corriente no sólo ve en los membrillos de Zurbarán apetitosa carne de fruta para hacer mermelada, sino unos frutos de los que un pintor se sirvió para crear una armoniosa y sencilla composición pictórica. Ni percibe en una obra de Tapies únicamente una enorme empanada, sino una impregnación de materia elemental y terrosa cargada de simbología. Se aceptan todas las propuestas artísticas, sean o no compartidas. El español de hoy es un apasionado cinéfilo que elige libremente qué películas ver, qué libros leer, qué música escuchar. El hambre de pan ha dejado paso al hambre de conocimiento, y todo cabe en el menú. Pero parece ser que algunos, en los que delegaron aquellos antiguos censores, se sienten dolidos -sin ser realmente abofeteados- cuando algún cerebro díscolo medita más de la cuenta y propone argumentos e ideas que refutan sus inflexibles dietarios, esos manuales que interpretan a su conveniencia para justificar que su ideario de vida es el auténticamente puro, justo y verdadero. Se los suele ver intentando malear el ambiente en celebraciones que consideran blasfemas, ateístas o insanas; amonestan a todo aquel que proponga una forma de vida  que ellos consideran anómala, aunque no encuentren una razón lógica para demostrarlo. Y lo peor de todo, incluso manifiestan sentirse perseguidos por esos a los que ellos atosigan.  Quizá teman que lo que ellos consideran pecados ajenos impidan su entrada triunfal en su cielo. Pero deben entender que, al igual que ellos eligen libremente qué hacer con su vida, los demás también tienen derecho a hacerlo, siempre y cuando no se dañe física o síquicamente a otros que no piensen igual.

Sobre Juan Jiménez Parra

Cáceres, 1962. Pintor y Escritor.