CÁCERES NO TIENE RÍO

RIO

            En invierno, sin embargo, jugábamos al clavo en la tierra arcillosa del campino, y rompíamos los carámbanos de los charcos para embarrarlos con las botas Katiuska. También hacíamos pequeñas fogatas prohibidas a escondidas y nos restregábamos la ropa con tierra húmeda, para intentar, inútilmente, desprendernos del olor a humo e impedir que nuestros padres, al olernos, descubrieran nuestro quebrantamiento. Y en el regatino, en invierno más caudaloso e inquieto, echábamos palitroques al agua turbia, barcos imaginarios que surcaban a la deriva la corriente. Que descendían compitiendo bajo puentes que construíamos con pequeños tablones de madera.

            Esto ocurría los primeros años de la década de los setenta, cuando yo era un chiquillo de diez años, que vivía en un pequeño barrio periférico de Cáceres conocido por Barriada de Pinilla. Ese cúmulo de edificios sobrios sigue estando donde estaba y sigue siendo lo que era, un continente de pequeñas viviendas de estructura elemental y sólida, habitadas por gentes sencillas. Pero el regatino ya no está, fue anulado por los cimientos de los bloques de ladrillo visto que forman las calles de ese nuevo barrio que se llama Mejostilla. A veces, cuando hablo con amigos de entonces, emerge desde nuestras memorias aquel río menudo sin nombre que no nacía en ninguna parte, ni desembocaba en ningún sitio. Quizá fuese un arañazo fortuito de una uña de Dios. Bien podría Dios entonces haber hundido más su dedo en la tierra para que el tajo hubiese quedado más ancho y profundo; y así Cáceres hubiese sido conocida por su ciudad antigua y por un río endiosado. Pero no,  Cáceres no tiene río.

            A veces pienso que lo único que le falta a Cáceres para ser la ciudad soñada es un río, un cauce reflectante y pacífico, que se abra pasillo por sus calles e invite a los edificios a duplicarse en el agua. Un río, con puentes romanos y medievales de piedras apretadas y seguros tajamares, que sirvan a las gentes de acceso a su ciudad antigua; y  otros puentes más nuevos, más modernos, de estructuras metálicas y pilares de hormigón, pensados para ofrecerse al tráfico rodado y para marcar las épocas históricas de la ciudad. Un río, cuya orilla albergue sauces que lloren sobre bancos donde los amantes se sienten a leerse poemas robados al agua; y los niños echen al mar barcos de papel que se pierdan por el horizonte hasta encontrar orillas remotas; y los más viejos den paseos al atardecer acostumbrando sus ojos cansados al cauce tranquilo. Un río, donde la luz del día se recoja y la luna hunda su lengua redonda para avivar la oscuridad de la noche.

            Sí, aquel insignificante regatino de la Barriada de Pinilla, u otros regueros escasos cercanos a Cáceres, bien podrían haber sido profundas incisiones en la tierra de Dios. O bien aquel procónsul romano llamado Cayo Norbano Flaco podía haberse parado a beber agua en un afluente del Tajo y decidir levantar en su orilla una colonia  llamada Norbensis Caesarina, que luego se llamaría Al Qazris para los árabes, y después Cáceres para los cristianos. Pero no, Dios, o un procónsul romano, no quisieron que Cáceres tuviese su río. Y muchos cacereños sueñan con un río.

Sobre Juan Jiménez Parra

Cáceres, 1962. Pintor y Escritor.