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EL DELIRIO DEL MERCADER

El psiquiatra argentino Olivio Sénecas había recibido en su gabinete a todo tipo de individuos delirantes y paranoicos. Había escuchado atentamente muchas historias ciertamente extraordinarias, pero descaradamente inverosímiles, de personas que decían ser quienes no eran o lo que no eran; habitar donde no habitaban o poseer lo que no poseían. Pero no eran mentirosos compulsivos que intentaban adornar sus simplezas recurriendo a todo tipo de invenciones fantasiosas; ni tampoco cínicos esporádicos que intentasen salvarse de alguna criba o convencer al prójimo, con un fin provechoso para ellos, de que vieran lo que no existía y oyeran lo que no sonaba. No, los mentirosos del doctor Olivio Sénecas eran sujetos angustiados o inconscientes sometidos a los caprichos de su descontrolado cerebro.

Por su gabinete habían pasado todo tipo de personalidades y suplantadores. Por ejemplo, un paciente que decía llamarse Mijáilovich Petersen y ser un cuarto astronauta que había llegado a la luna en el Apolo XI. Afirmaba que su presencia fue anulada para los medios de comunicación cuando el comité de seguridad de la NASA descubrió que en realidad era un espía ruso que hábilmente había conseguido infiltrarse como miembro de la tripulación. Sus compañeros Aldrin, Collins y Armstrong lo habían mantenido atado a un sillón de la cápsula durante todo el viaje. Otro ejemplo: Una paciente alemana bastante anciana llamada Pia Shuitzler había confesado al doctor Olivio Sénecas ser en realidad Eva Braun, la inseparable amante de Adolf Hitler, quien, con la ayuda del general Franco, la había puesto a salvo mandándola en avión desde España a Argentina dos meses antes de la muerte del dictador nazi. Aseguraba que sabía que varios cazanazis judíos estaban tras su pista y había rogado al doctor que no la delatara a la policía.

Un día llegó a su gabinete un sujeto sudoroso y tembloroso, en un estado de excitación incontrolable, que alegaba que el dinero le perseguía persistentemente y que su existencia se asemejaba a la del rey Midas, que todo lo que tocaba se convertía en oro. “Ya no puedo más doctor. No puedo seguir viviendo sólo para ver como el dinero se multiplique ante mi vista. Sepa que yo no lo busco, él me viene sin que le llame, y me rodea, y me persigue, y no me deja en paz. ¡Quítemelo de encima doctor, por favor! Esto es un castigo, el dinero se me mete en la cama, en los armarios de los cuartos de baño, debajo de los platos, dentro de los calcetines…No tengo intimidad, doctor, no tengo sosiego. ¡Ayúdeme!”, suplicaba el paciente.

El enfermo en cuestión era don Pedro Fausto O’neall, uno de los hombres de negocios más acaudalados del país. Ese día el doctor Olivio Sénecas descubrió una nueva enfermedad neurológica a la que llamó “Delirio del Mercader”.

Al parecer la suelen padecer grandes magnates de las finanzas a los que su irrefrenable ambición les arrebata la cordura y comienzan a ver en sus codiciados objetos de deseo verdaderos enemigos animados excesivamente agresivos.

Gracias al doctor Olivio Sénecas la enfermedad tiene cura, pero son pocos los enfermos que aceptan su diagnóstico y se someten a un tratamiento. Es más, la mayoría hace todo lo posible por enfermar todo lo que su dinero le permite.

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DOBLE MORAL

La primera definición de la palabra moral en el diccionario de la RAE es la siguiente: Perteneciente o relativo a las acciones o caracteres de las personas, desde el punto de vista de la bondad o malicia.

Supongo que esto es aplicable a todo tipo de personas, tanto instruidas como iletradas, tanto pobres como ricas, tanto religiosas como laicas. Un ignorante puede ser el más amoral de los astutos al igual que un instruido el más moralista de los mortales; el pobre ha de intentar parecer un humilde desposeído de todo, menos de moral, para que al rico se le atribuya su riqueza a costa de su falta de moral; y no es menos cierto que al religioso siempre se le otorga una dosis mucho mayor de moralidad que al laico, al que en muchas ocasiones el primero acusa de inmoral por el hecho de no seguir ningún credo.

Lo cierto es que el hábito no hace al monje; que no es lo mismo predicar que dar trigo; y que hay quien vive a Dios rogando y con el mazo dando. La moralidad se estira y se encoge en cada cuerpo mortal conforme a sus circunstancias y pretensiones, de ahí que adquiera ese grado de ambigüedad más o menos aparente.

Cada uno de nosotros sabemos de excelsos moralistas que acabaron prendidos de  los pingajos de sus vergüenzas. Me vienen a la cabeza dictadores de comunión diaria a los que no les temblaba el pulso cuando firmaban sentencias de muerte. U otros, estos ateos y promulgadores de la igualdad entre los hombres, que desde su estado de comodidad, exigían a su pueblo votos de austeridad.

Es frecuente escuchar a políticos de izquierda acusar a los de derecha de ser buenos en el manejo de la doble moral porque en su día se opusieron al divorcio y muchos se divorciaron; al matrimonio homosexual y algunos se casaron en versión homo. En definitiva, dónde dijeron don dicen Diego. Pero también vemos a políticos que se declaran de izquierda pavoneando sus figuras neo-burguesas tras las bambalinas del teatro de la gente guapa, declamando por lo bajinis: consejos vendo y para mí no tengo.

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PERIFERIAS, GENTES Y GENTILICIOS

 

            Hace algo más de treinta años –pocos menos de los que yo tengo ahora- a los chavales que vivíamos en la barriada de Pinilla de Cáceres nos llamaban “pinilleros”. Pinilla era por entonces un barrio periférico formado por nueve bloques de pisos. Acompañaban a estos bloques las Casas de la Cárcel Vieja, El Seminario y El Colegio Diocesano. Aun estando ubicado en las afueras de la ciudad, Pinilla no era un barrio marginal, ni de baja condición social, ni con mala calidad de vida. Estaba poblado principalmente por empleados de pequeñas empresas -comercios, talleres, imprentas- y de la construcción. Gentes de barrio con una concepción de la vida menos pretenciosa que la que se tiene hoy en día. Entonces se vivía con sencillez, pero no precariamente por lo general. Se tiraba con lo puesto y se ahorraba un poquito incluso. Claro, que tampoco se caía en el vicio del consumo desmesurado, porque no existía ese amplio abanico de símbolos identificadores de la ostentación de los que hoy algunos hacen uso para dar el pego y disimular sus carencias internas, aunque sea a costa de un roto bancario. En las periferias de hoy vivimos con lo puesto y se gasta  bastante más de la cuenta.

            Por la Barriada de Pinilla pasaron algunos “pinilleros” significativos,  bien por ser muy conocidos en el mundo de las artes, o bien por su popularidad. Pongamos al innovador pintor Juan José Narbón, ya fallecido, que fue de los primeros artistas plásticos que propuso una idea más vanguardista de la pintura en Extremadura. O pongamos al prolífico pintor de la espátula Martínez Terrón, único, espeso y terroso como él solo. Fueron también en su día vecinos de Pinilla el incansable locutor de radio Tomás Pérez, y el locutor “todoterreno” Paco Mangut. Luego estaba el futbolista Manuel Sánchez Manolino, que jugó con la Selección Española y junto al que tantas veces di patadas al balón –torpemente, todo hay que decirlo- merienda en mano en el campino de Pinilla. 

            Hoy aquel pequeño barrio llamado Pinilla ha sido engullido por otro más grande que se llama Mejostilla, y sus viejos y sencillos bloquecitos blancos se pierden en su panza entre bloques más nuevos y deslumbrantes. Ahora los “pinilleros” son “mejostillanos”. 

            Habrá que empezar a proponer al Ayuntamiento gentilicios para los barrios, porque Cáceres se empieza a parecer un poquito a Nueva York, con sus grandes periferias y todo. Por ejemplo, podríamos llamar a los vecinos del nuevo Cáceres “neocacereños” o “sanantonianos”; a los del Vivero “vivereños”, y a los de los Fratres “fratrenses”. “Rodeños” a los del Rodeo, “cabezarrubianos” a los de Cabezarrubia; “llopisiborranos” a los del Llopis; “moctezumeños” a los de Moctezuma; “aldeamoretinos” a los de Aldea Moret, y así… 

             Pero llegamos al R-66 y… ¿cómo llamamos a los vecinos del R-66? ¿Erresesentaiseiseños? ¡Repítalo sin leerlo!         

  

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CAMBALACHE


En 1934, Enrique Santos Discépolo compuso una de las canciones más desgarradoras que se han escrito: Cambalache. Curiosamente es un tango cuya música está cargada de notas positivistas, un ritmo alegre, bailable, pegadizo, justo para ser entonado en cualquier sarao, incluso tras una hazaña triunfal. Sin embargo su letra  – desde su comienzo (Que el mundo fue y será una porquería ya lo sé…), hasta su final (Es lo mismo el que labura noche y día como un buey, que el que vive de los otros, que el que mata, que el que cura o está fuera de la ley…) es  una letanía descriptiva de este mundo deformado que los humanos vamos moldeando al compás de nuestras imperfecciones. No hay canción más sarcástica que Cambalache, con esa música tan animosa para ese mensaje tan quejumbroso y desilusionado. Se diría que su compositor intentaba zaherir la conciencia de quien la escuchaba aplicando mucha anestesia. Escrita en el siglo XX y para el siglo XX y sin embargo, qué bien encaja en el reciente siglo XXI, como si los años se sucedieran cambiando de pelo, pero no de mañas.

            Si en 1934, pocos años pasada la crisis económica del 29, el mundo era una porquería, hoy, sumergidos en una crisis a la que la historia todavía no ha ubicado en un año determinado, porque ni siquiera sabemos si hemos llegado a tocar fondo, ni cuantos fondos habrá, el mundo es un cambalache, dígase trueque trapichero en el que se cambia lo malo por lo peor, y lo peor por lo nefasto. Uno, que es un mortal defectuoso como el que más, siente decir que cada vez se asombra menos cuando percibe que “vivimos revolcaos en un merengue y en el mismo lodo todos manoseaos…”. Y precisamente ese es el peor de los males: nos acostumbramos con demasiada facilidad a saber que el mundo es ese cambalache del que habló Enrique Santos Discépolo, y también a vivir en él. Y lo malo es que no tenemos otro.                         

 

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SABER BAILAR CLAQUÉ

Benito le había echado el ojo a Maricarmen hacía tiempo, pero Maricarmen no le había echado nunca nada a Benito, ni siquiera una forzada sonrisa. Los dos trabajaban en el mismo ministerio, aunque en distintos departamentos. Un día el ascensor se quedó parado entre la tercera y cuarta planta del edificio con Benito y Maricarmen dentro. Benito dispuso de hora y media para intentar seducir a la damisela con la que tantas veces había soñado. Transcurridos treinta minutos, Benito ya había roto el hielo y había empezado a recitar de memoria el segundo capítulo de un manual de seducción que había comprado en las rebajas de un sexshop, pero su compañera Maricarmen terminó arrastrándole a una conversación monotemática con la que ella parecía disfrutar mucho: el baile de salón. Su pasión en la vida era el baile y lo bailaba bien todo: las sevillanas, la cumbia, el merengue, el tango, el pasodoble, todo, menos el claqué, que era su asignatura pendiente, dado que aún no había encontrado quien la enseñara. Mal se le puso el asunto a Benito, porque el baile era una actividad bastante desconocida para él y apenas pudo pronunciar palabra. Transcurrió la hora y media, y los operarios ascensoristas abrieron las puertas del ascensor en la cuarta planta. Benito y Maricarmen accedieron a un salón bastante grande al que habían acudido muchos compañeros curiosos para seguir de cerca las incidencias del forzoso encierro. Benito salía de la gran caja metálica lleno de frustración, pero una voz interior le dijo que debía intentar por última vez llamar la atención de su ansiada Maricarmen y entonces, como por arte de magia, se puso a bailar claqué delante de todos con extraordinaria habilidad. Todos sus compañeros aplaudieron a rabiar; y a partir de ahí Maricarmen dejó que Benito robara poco a poco su prenda dorada.

Cuando ella le preguntó a Benito dónde había aprendido a bailar claqué, él le contestó: “Vengo a trabajar todos los días andando y paso por varias calles céntricas cuyas estrechas aceras están llenas de heces de perros, para no pisarlas tengo que avanzar dando saltitos de un lado a otro; y así, sin querer, he aprendido a bailar claqué”.      

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MARCHA ATRÁS

¿Se imaginan a alguien que comenzase a vivir la vida al revés? Que su muerte fuese su nacimiento y su nacimiento su muerte; que rejuveneciera con el tiempo y terminara siendo un bebé de horas de vida, minutos, segundos, hasta morir. Pues yo acabo de leer una novela, aún no publicada, que es en realidad una biografía apócrifa de un multimillonario que vive la vida marcha atrás. Se trata de un hombre desecho a sí mismo. Otro añadido de la novela es que comienza a leerse por la última página, todo un experimento para el lector.

            Su protagonista se llama Domingo Severo, nace en 1998, a los sesenta y cinco años de edad. Comienza su vida siendo el propietario de la fábrica de celulosa más importante del país, privado de tiempo libre, debido a los numerosos asuntos relacionados con su industria que a diario debe atender, y exento de intimidad, ya que su obsesión por la seguridad de su familia y la suya propia le obligan a recorrer el mundo con numerosos guardaespaldas a menos de dos metros. A menudo, Domingo se queja de la vida tan ajetreada que le ha tocado vivir. A los cincuenta años, nuestro hombre tiene dos hijos que han dejado de ayudarle a dirigir la fábrica para dedicarse a empezar el fin de sus carreras. Hacía tres años que había muerto su primer nieto. A los cuarenta y cinco años la fábrica de Domingo se ha reducido a la mitad y su ambición ha aumentado el doble. Nuestro hombre ha dejado atrás unos años bastante agitados, durante los cuales ha tenido que volcarse con ahínco en peliagudas negociaciones con sindicatos, en sórdidas relaciones con políticos, en  fatigosas reuniones financieras con banqueros. A los quince años, desposeído de todo excepto de tiempo para vivirlo, Domingo es un adolescente que dice ser feliz al fin y no anhela su pasado.

            Termina la novela cuando Domingo, siendo bebé, se adentra para siempre en el vientre su madre, esposa del guarda de una modesta fábrica papelera.    

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VECINOS

Tener vivienda en propiedad es una de las metas del español clásico –el de España de toda la vida, cocido en invierno y gazpacho en verano- . Es como si al nacer nos estuviera esperando junto a la matrona un agente inmobiliario y nos hiciera una ficha obligatoria de futuro cliente comprador. Sí, los españoles tenemos una muy apegada propensión a tener todo en propiedad, por lo tanto, cuando comenzamos a trabajar también comenzamos a olfatear inmobiliarias. De hecho, es costumbre muy dada en parejas españolas permanecer en estado célibe hasta que tienen las escrituras de un pisito, luego lo amueblan y directos al altar –o al Ayuntamiento en algunos casos-. Aunque cierto es que cada vez se fomenta más el alquiler y se practica con más asiduidad la convivencia extramatrimonial.

            Si usted es propietario y habitador de una casa de las denominadas unifamiliares, apenas tendrá obligaciones y compromisos fuera de su hogar. Notará uno o dos vecinos pegados a sus costados, y algunos deberes que cumplir.  Pero si un día decidió adquirir un piso, la cosa cambia. Tendrá vecinos sobre usted, bajo usted, y alrededor de usted, gente con los que se saludará en los rellanos de las escaleras, en el ascensor y en el portal, zonas comunes que pueden ser, en algunos casos, causa de desavenencias y rencillas. Con un poco de suerte, usted irá a dar a un bloque nada conflictivo y a un piso rodeado de vecinos silenciosos. Pero cabe la posibilidad de que se vea viviendo en un territorio comanche, o bajo un laboratorio de ruidos, o junto a una fonoteca para sordos.

De un vecino se puede esperar una pizca de sal, dos dientes de ajo y un platito de pan rallado, pero también diez kilos de decibelios de rumbas en la noche o media arroba de gritos pelados durante la siesta.

            Al comprar usted su piso sabe los metros cuadrados que tiene de superficie, su distribución, orientación y características de los materiales, pero no sabe  quiénes serán los vecinos a los que tendrá que aguantar. O los que tendrán que aguantarle.

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PARA CONSUMIDORES COMPULSIVOS

 

            La crisis está agudizando el ingenio de muchas cabezas. Mantener el tipo cuando se depende de unos ingresos escasos es cuestión de echar muchas cuentas con la calculadora y no echarse demasiado la mano al bolsillo. Esa alegría en el gasto fue cosa del pasado y quizá lo sea del futuro, pero mientras tanto, el sufrido consumidor ha de abstenerse de comprar lo que no puede para no deber lo que no quiere. En esto de la compra compulsiva algunos sufren más de la cuenta porque no pueden salvaguardarse de su propio vicio y terminan acopiando más de lo que necesitan. Y cada uno se agarra a lo que puede para contenerse. Últimamente algunos llevan lagartos en el bolsillo, al parecer son bichos custodios muy recelosos del territorio que vigilan y no se despistan ni un momento para que ningún dedo llegue a tentar siquiera un solo céntimo. Así pues es una garantía de ahorro hacerse con uno de estos pequeños saurios y enseñarlo a que se acomode en el bolsillo como si fuese su guarida. Aunque más de un olvidadizo ha terminado en un centro sanitario de urgencias.

            Pensando en la moderación del gasto del modesto consumidor nostálgico, y advirtiendo que el método del lagarto es bastante peligroso y además proclive a ser denunciado por la protectora de animales por someter al bicho a una angustiosa cautividad, mi amigo Carlitos García ha ideado un método igual de fiable pero totalmente inocuo. Según me cuenta, la idea le vino cuando su abuelo el octogenario escritor don Eliseo García le gastó una broma con un bolígrafo que había comprado en un bazar chino y al presionar su botón para sacar la punta deba un pequeño calambre. Carlitos ha inventado una tarjeta magnética que se guarda en la cartera y la convierte en un campo electrizante, de manera que cada vez que se toca salpica una sacudida eléctrica y el propietario desiste de sacarla del bolsillo, cosa que sólo se puede hacer colocándose unos guantes de látex aislantes de la electricidad. Gracias a este invento nadie terminará ahogado en sus deudas o con las huellas de una dentellada de lagarto en un dedo.

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EL ENTE

Vigile a su televisión, puede ser un elemento subversivo. 

 Salvador Callado, un solterón muy metido en los cuarenta, llegó a su casa a las ocho y media de la tarde con unas tremendas ganas de arrebatarle las últimas veinticinco páginas al libro que estaba leyendo y así saber por fin si el asesor financiero Ovidio Winter era atrapado por la policía o conseguía escapar a Belice con Elizabeth Foster, la bella y astuta mujer que debía esperarle en el aeropuerto de Chicago con un maletín que contenía diez millones de dólares. Salvador era de esas personas que terminan convirtiendo un libro que les gusta en su razón de existencia: se acuestan pensando en lo que han hecho sus personajes, se levantan conjeturando para sí qué harán, y pasan el día en el trabajo evocándolos e imaginando posibles situaciones que sugerir a su querido libro. Enseguida se sentó en un comodísimo sillón de lectura que se había comprado hacía poco tiempo, cogió el libro de una pequeña mesa dispuesta junto al sillón y lo abrió por la página quinientas treinta y una.  

Cuando llevaba leídas dos páginas, la televisión, situada a menos de tres metros frente a él, se encendió sin saber ni cómo ni porqué, y su pantalla mostró un reality show de los que más odiaba Salvador. En principio se sorprendió por lo sucedido, aunque no quiso perder tiempo en buscar una explicación a esa inoportuna anomalía. Se levantó del sillón, apagó el aparato y volvió a su libro. Pero enseguida la televisión se encendió de nuevo. Y él volvió a apagarla; y la televisión se encendió otra vez. Desconectó el cable de la red, pero aún así, la pequeña televisión de catorce pulgadas volvió a encenderse. Salvador empezó a acojonarse un poco, aquello no era normal: ¡Una televisión desenchufada de la red eléctrica que se encendía sola y emitía a través de todos los canales! Aquello tenía toda la pinta de ser un fenómeno paranormal. ¿Qué hacer? ¿Exponer el caso ante entendidos parasicólogos? No, no era buena idea, el fenómeno trascendería a través de los medios de comunicación sensacionalistas y por un tiempo le asediarían con interminables preguntas, pedirían todo tipo de explicaciones, de detalles; no le dejarían en paz. Debía deshacerse del aparato. Sí, eso haría. Por la noche lo dejaría junto a un contenedor de basura para que se lo llevaran.

  Espero hasta bien entrada la noche para que no hubiera nadie en la calle que pudiera recriminarle, quitó el volumen a la televisión y salió de su casa con ella en brazos para depositarla junto a un contenedor lleno de bolsas de basura. Pero cuando volvía a su casa, el volumen del aparato de nuevo subió, y la pantalla mostró la cara de una encantadora presentadora que dijo: “Salvador soy una televisión y sabes bien que no puedes dejarme aquí, si lo haces, te delataré y tendrás que pagar una generosa multa”. El desconcierto y el temor se apoderaron de Salvador y regresó a su casa de nuevo con la televisión. Pero estaba decidido a deshacerse de ella y su bella ocupante. Cogería la televisión, la metería en el maletero del coche y la dejaría en una escombrera lejana y solitaria donde nadie pudiera verla ni escucharla. Luego, por fin, volvería a su ansiada lectura. Arrancó el coche y se dirigió a una escombrera que había en las afueras de la ciudad. Durante el trayecto, la voz de la presentadora emergió gritando desde el maletero: “¡No puedes hacerme esto, Salvador, no puedes abandonarme así, me encendí para que me hicieras más caso y porque estaba celosa del libro, pero te juro que no volveré a encenderme sin tu permiso, yo te quiero Salvador, no me dejes, por favor!”. Salvador se sobresaltó de tal manera que perdió el control del coche y se salió de la carretera dando varias vueltas de campana. 

Volvió en sí en la cama de un hospital, se había roto varias costillas y la clavícula izquierda. Su primo Anselmo fue la primera persona que le visitó. Entró por la puerta de la habitación portando una gran caja, mostrando una sonrisa de oreja a oreja: “Primo, menos mal que todo ha quedado en un susto. Te he traído tu televisión para que no te aburras, incomprensiblemente ha quedado intacta. Por cierto, ¿porqué la llevabas en el maletero del coche?”.

 

 

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BESOS

 

Hace unos días oí un aplauso de besos. Sí, muchos labios lanzando besos al aire al mismo tiempo para generar un único beso mayúsculo, envolvente, muy digno, a pesar de su aparente connotación cómica, de cualquier ser humano que lo mereciera. Fue en un programa de Radio Nacional de España titulado “Hoy no es un día cualquiera”, de Pepa Fernández –justo es nombrar programa y locutora, por ser una maravillosa emisión radiofónica-.


            Imagínense ustedes recibiendo un Goya o un Oscar, y miles de besucones y besuconas oprimiendo al unísono sus morritos para generar el besazo de reconocimiento. Lo mejor de la radio es que nos obliga a agudizar la imaginación, sobre todo cuando nos habla de cosas extraordinarias o poco cotidianas. Debo reconocer  que aquella resonancia de naturaleza bilabial a mí me llevó a pensar en un chapoteo de peces en una charca enlodada.


            Los besos son como duendes que andan sueltos por las calles, por lo parques  y las plazas, se meten en las casas, se esconden en los muebles, y algunas veces se dejan tocar; e incluso hay besos locos que se dejan besar. Algunos son huidizos, otros afables, otros misericordiosos, otros apasionados. Hay besos postizos como los protocolarios; también falsos, como los de Judas. Los besos se ofrecen y se roban, se venden y se compran. “.Tú eres la bien pagá porque tus besos compré…”  dice la copla. El ser humano hace de todo mercancía y sabe envolver los besos en papel de regalo o de estraza, según comprador. Los pesa y los consume, y casi nunca mira su fecha de caducidad. Hay besos que pueden perjudicar a la salud, sobre todo los que poseen muchos añadidos excitantes o demasiados conservantes.


            Me pregunto si llegamos al mundo con el beso aprendido o aprendemos a besar en vida. Quizá el primer beso lo demos de recién nacidos al pecho materno.


            Sí, los aplausos podrían ser de besos. Los actores y cantantes lo agradecerían muchísimo, en vez de desearles éxito con la escatológica frase “Mucha mierda”, lo haríamos diciendo “Muchos besos”.