Sobre el Autor: chusysublog

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Chus Villegas Periodista, filóloga.

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La mujer en un mundo sanguinario y deficiente

Leer a Malala es viajar a un Pakistán retratado con sencillez y un toque de dulzura que a ratos confunde y distrae. I am Malala es la historia de la joven pakistaní que fue tiroteada de camino al colegio en 2012, por ser símbolo de la defensa del derecho a la educación de las mujeres. El tiroteo y su milagrosa recuperación dieron la vuelta al mundo, pero la lucha por los derechos de la mujer, aún hoy,  sigue siendo ruido que se cuela entre las noticias de los medios de comunicación.

Sus palabras, cómodamente elegidas, sin grandes pretensiones ni complejidad, ofrecen el testimonio de una niña que se niega a languidecer en la oscuridad y en la ignorancia que impone la sociedad que le rodea. La historia de Pakistán, como la de otros países de Oriente Medio, se ha ido forjando a partir de interpretaciones pertinentes del Corán. Religión, prohibición, obediencia, sumisión y violencia  han estado ligadas como consecuencia de fines económicos y políticos subyacentes. Y aquí, en mitad de esta inmensa nada que ocupan las mujeres, es donde algunas voces empiezan a escucharse y eso asusta.

Una de esas voces fue la de Malala. Otras, las de las más de 200 niñas nigerianas secuestradas hace unos meses. También las hay sin repercusión mediática, pero letales como la de la joven embarazada que fue asesina por su propia familia por desafiarlos a casarse por amor. O con mucho eco, como la de Angelina Jolie, que de hecho hoy está en una cumbre contra la violencia sexual en los conflictos armados.

Todas estas voces se alzan contra el trato inadmisible que en todo el mundo las mujeres padecen, padecemos. Somos ciudadanas de segunda, eternas menores de edad sin capacidad para decidir o gestionar, esclavas sexuales, animales de carga, encarnación del pecado, siervas de las casas y / o prisioneras.  Eso éramos, eso somos y eso seguiremos siendo.  O, quizás, de una vez por todas es tiempo de actuar.  Sirva esta denuncia pública como mi primer paso.

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De mitos y leyendas: el funcionariado público

He crecido con la idea de que todo el funcionariado español vagueaba, el 60% sobraba y el 40% no hacía bien su trabajo. Ningún funcionario me lo rebatió nunca, más bien todo lo contrario. En mi familia tengo un caso muy cercano de empleado público, ya muy mayor, que me contaba cómo sobrevivir en la empresa pública. “Tienes que copiar lo que hacen tus compañeros: trabaja lo que ellos trabajen, tómate los descansos que ellos se tomen y vete a casa cuando ellos lo hagan. Así nadie te tomará por tonto”.  Sí, señores, mi cercano pariente ha trabajado siempre rigiéndose por lo que sus compañeros pudieran hacer y no por lo que su puesto hubiera requerido. Él, además, se ha encargado de contarme las clásicas leyendas del funcionariado español desde que tenía edad de ser entretenida con cuentos infantiles. Supe entonces que existen funcionarios que han aprobado oposiciones de un rango superior a su puesto, gracias al duro estudio que llevaban a cabo durante su jornada laboral. Que algunos funcionarios se divierten compilando libros de recetas de Internet que imprimen y encuadernan para sus recién independizados hijos. O que el teléfono de su despacho hacía las veces del propio.

Así crecía y me hacía mayor. Cuando tuve edad de enfrentarme al mundo burocrático por mí misma, ya sabía lo que me esperaría detrás de las ventanillas de la Administración. Ni las largas colas, ni las interminables esperas, ni las rancias caras del personal del turno me sorprendieron o molestaron: contaba con ello. Hubo quien pagó su congelación de sueldo y aumento de horas laborales conmigo, pero ni arrugué el entrecejo mientras lo hacía.

Todo era como imaginaba que iba a ser hasta hace un par de meses. Después de 27 años con esta idea firme en mi cabeza, resulta que consigo una beca y empiezo a trabajar en la Universidad. Rodeada de jóvenes funcionarios, he podido comprobar que la España, la Extremadura de hace 10 años dista mucho de la actual y que el funcionariado público puede estar motivado con lo que hace, ser productivo y competente, trabajar sus horas y hacer lo suyo sin olvidar lo de sus compañeros.

Puedo y debo decir esto porque he tenido la suerte de haber conocido a Jesús y a Elena quienes, junto con un grupo más trabajadores del mismo centro, me han ayudado a desprenderme de mis viejas ideas sobre el funcionariado. Ellos son jóvenes y están entregados a cada pequeña cosa que se les pide. Están de cara al público y veo como sonríen y son eficientes. No hacen llamadas personales durante sus horas de trabajo, no están más de media hora fuera con la excusa del café, no ponen calefactores innecesarios o usan un bolígrafo de más. Respetan las normas y adoran su trabajo, o eso es lo que transmiten. Y es eso justo lo que necesitamos, lo que necesita también el país, y  tengo la certeza de que será lo que irá ocurriendo, porque puestos a creer en alguno de los principios que mi viejo pariente me enseñó, yo, como el resto de los nuevos, copio lo que hacen mis compañeros, trabajo lo que ellos trabajan, me tomo los descansos que ellos se toman y me voy a casa cuando ellos lo hacen y, así, nadie me tomará por incompetente. Gracias Jesús y Elena por acabar con las falsas leyendas.

 

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Gibraltar desde la distancia

Gibraltar se ha convertido en el tema de conversación, y hasta de preocupación , de los españoles durante estas últimas semanas. Sin duda, cuenta con todos los requisitos para serlo: despierta pasiones, el conflicto es fácilmente entendible y, por tanto, opinable y los medios de comunicación fomentan el entusiasmo a golpe de reportaje o titular.

La sensación que uno tiene al leer prensa española y extranjera (desde la más sensacionalista a la más seria)es que existe un problema con repercusiones reales (especialmente para los pescadores de la zona) que solo se está arrastrando (se sigue arrastrando)mientras se sitúa en el centro del debate de un país castigado por el desempleo, la corrupción y carente de líderes transparentes y eficaces.

Pero el asunto no es solo un problema nacional. En Inglaterra , especialmente entre la prensa más sensacionalista, el peñón ha despertado un curioso interés que ha llevado, entre otros, a la emisión de programas desde Gibraltar con la finalidad de mostrar a los ingleses, primero, dónde se ubica the rock y, posteriormente, como los británicos de la colonia lo son tanto como cualquier londoner.  Además de esto, se han hecho encuestas de calle (con algo de mofa ) sobre la situación y algunos periódicos no han dejado pasar la oportunidad de llevar a portada las declaraciones del alcalde de Londres, el conservador Boris Johnson, que advertía a España que se ocupara de su verdadera crisis.

Al margen de que pueda existir o no un motivo lógico y real detrás de todo el conflicto, no cabe duda de que el peñón es, una vez más, un movimiento cínico del Gobierno de España acompañado de un orgullo patriótico cada vez más asfixiado por la crisis. Sé que leer esto cuando uno está en España duele, como duele que los habitantes de Gibraltar se opongan a la solución de la soberanía compartida, que ayudaría a mejorar las relaciones, sin embargo, leerlo desde fuera del país, es, sencillamente, un planteamiento obvio.

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El español feliz

Esta es la historia de Juan, un treintañero que emigró de España, y, frente a todo pronóstico, es una historia feliz.

Juan creció en un pequeño pueblo de Teruel, que le ha dado una infancia tranquila y un marcado acento aragonés. Siempre quiso vivir en Irlanda y lo supo desde que iba a la EGB.  Cuando empezó el instituto comenzó a interesarse por las tecnologías y, de hecho, por puro gusto y placer, hizo Ingeniería Informática en la Universidad de Zaragoza.  Con esfuerzo, pero sin muchas dificultades, combinó  la carrera con un trabajo con contrato en  Fersa Bearings.  Con el dinero que ganaba, pudo pagarse un Máster en Tecnologías del Desarrollo. Era lo que le apetecía hacer. Nadie nunca le dijo que era, también, lo más conveniente de cara a la crisis económica que, por aquel entonces, nadie parecía advertir. Con el inglés tuvo suerte: algunas clases privadas y una hermana bilingüe que le sirvió de ayuda.

Meses antes  que el resto de las empresas españolas, la suya, por su proyección internacional, notó los efectos de la crisis. Sin embargo, los gestores se abrieron a otros mercados, como Brasil o China, y continuaron invirtiendo en I+D. Para cuando en España el Gobierno veía brotes verdes, como el que ve oasis en el desierto, su empresa volvía a crecer. De hecho, 2009 fue un buen año.

Hace cinco meses Juan se dio cuenta de que para seguir cumpliendo con sus objetivos, lo más conveniente era buscar una empresa en el extranjero que pudiera ofrecerle esa oportunidad. Le bastó con enviar cinco currículos a empresas de Irlanda para ser  seleccionado y contratado.

Ahora vive en el centro de Galway  y ayer cobró su primer sueldo que es un 8% más alto que el que cobraba antes.

En la empresa irlandesa es una más en el equipo y, como la mayoría de los ingenieros españoles, está muy valorado. Una buena formación y unos profesores que le aportaron en su carrera, además de los conocimientos técnicos necesarios, la forma de ponerlos en práctica en el ámbito empresarial.  “El inglés es mi mayor inconveniente, pero dicen que para ser español hablo y escribo bastante bien”.  Nos reímos porque es el talón de Aquiles del español emigrado y los dos lo sabemos. También nos reímos porque su historia está llena de objetivos alcanzados y de sueños que se van cumpliendo.

Juan está lleno de energía  y está deseando ser retado con proyectos en su nueva empresa. Tiene la actitud y el estado anímico de alguien que no ha pasado largas temporadas tirado en el sofá consumido por la agonía de estar parado. Alguien que no se ha cuestionado si falla el sistema o  es él el que falla. Alguien que no ha sido dañado por la crisis.

 

-Juan, ¿has notado la crisis en algún momento?

-He tenido mucha suerte, supongo. Pero mi novia está parada.

 

Desafortunadamente, la burbuja de la felicidad es reducida y limitada.

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Lo que hay detrás de las cifras

 

La Universidad de Galway organiza cursos gratuitos de inglés cada año, consciente de que son muchos los inmigrantes que llegan a la ciudad (y al país en general) con un nivel muy bajo del idioma y que, por tanto, difícilmente podrán encajar en el sistema. En Londres hacen algo parecido, aunque en este caso está relacionado con las nuevas de políticas del Gobierno británico de reducir las ayudas sociales a los inmigrantes que no consigan dominar el inglés.

En cualquier caso la intención es buena, pero deberíamos dejarlo ahí porque cuando uno entra en estas clases se da cuenta de que eso es todo. En Londres, por ejemplo, conseguir una plaza es prácticamente imposible y, si lo haces, la prueba de clasificación o  de nivel es tan simple que todos van al mismo grupo: intermedio. Lógicamente el desequilibrio es tal que las clases no son productivas como tampoco lo es la metodología ni los medios. Al final, uno acaba el curso igual que lo empezó, aunque algo más frustrado.

Sin duda, cuando alguien decide emigrar su primer y fundamental obstáculo es la barrera idiomática, y los españoles lo sabemos. La semana pasada me pasé por la Universidad de Galway y corroboré que el sistema es el mismo que en Londres o que en otras ciudades aunque algo ha cambiado. Hasta ahora lo frecuente era encontrarse con un gran número de paquistaníes, bangladesíes o iraníes en las aulas, sin embargo, el lunes pasado en la Universidad de Galway había 13 estudiantes españoles de un total de  18 alumnos, lo que es una muestra evidente de la evolución de la tasa de emigración española. Sin embargo, esto parece que ha dejado de sorprendernos o escandalizarnos, en parte, por presentarlo solo como cifras o datos estadísticos en los medios cada día. “Cada año se marcharán medio millón de personas por la falta de trabajo y perspectivas, es decir, en torno al 10%, españoles”, informaba el INE hace unos meses y la angustia no duró más que el trago de café con el que acompañábamos la lectura de la noticia.

Es por ello, por lo que voy a presentarles brevemente a quienes están detrás de esos números:

María tiene 26 años, buena expresión oral y trabajo como camarera. Jordi está sin empleo y con los exámenes oficiales suspensos. Alberto tiene 32 años y lleva ocho meses viviendo aquí. Tono echa de menos Galicia y aún no se ha adaptado a la ciudad. Ernesto es tímido y eso le dificulta mejorar en la expresión oral. Carlota tiene 42 y es la mayor de la clase. José tiene 22 y estuvo cinco meses sin encontrar trabajo porque tiene dificultades con la compresión oral. Kike planea volverse a España en unos días para pasar una semana de vacaciones en su tierra, Valencia. María José es la que menos tiempo lleva, tan solo tres semanas, pero tiene buena base de inglés. Alfredo llegó hace cinco meses y lo hizo con trabajo. Mercedes se vino porque  su marido encontró un trabajo aquí y ella decidió acompañarlo. Fran no encuentra trabajo y está pensado en irse a Inglaterra. Domingo dice que las chicas lo tienen más fácil porque se las contrata antes para trabajos de cara al público.

Esto es lo que esconden los números. Espero no haberles angustiado durante todo su café. O sí.

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¿Por qué lo llaman excelencia cuando quieren decir recortes?

Hace algo más de un mes recibí una carta del Ministerio de Educación en la que decía que debido a mi nota (9,73) me había quedado como suplente (la 459) para obtener una beca de inmersión lingüística. Cuando la leí, no me sorprendió demasiado, los jóvenes de ahora estamos preparados para ser siempre rechazados, así que, solo consiguió enfadarme un poco.  Al parecer mi 9,73 en una titulación superior en este país solo sirve para adornar el expediente.

¡Cómo nos venden la moto! Llevamos semanas escuchando el discurso de las becas de excelencias que basan su justificación en la compensación del esfuerzo y el sacrificio del estudiante. Un discurso que ya desde el principio olía a recorte camuflado y que, desde luego hoy, puedo constatar con los casi 500 dieces o casi dieces que nos hemos quedado sin ninguno de los reconocimientos que, supuestamente, deberíamos tener.

El único consuelo es saber que no eres tú el que falla en el sistema (por mucho que intenten hacértelo creer), sino que es el sistema el que te expulsa por incapacidad connatural.

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Pili y Mili o el joven español

 

Mis amigas Pili y Mili (como me gusta llamarlas) tienen ganas de encontrar trabajo, casa de alquiler y treinta y tantos años.

Para ser del todo francos, Pili tuvo que dejar hace unos meses su pisito alquilado y volver a vivir a casa de su abuela. Mili aún aguanta los pagos mensuales con heroicidad porque recorta de todos sitios para poder sufragarlos.

Pili, Mili y yo quedamos cada viernes para ponernos al día con los avatares de la semana. Nos gusta especialmente ir de taperías, que dicho sea de paso, están muy moda en Cáceres. La cuestión es que de un año a esta parte de todo de  lo que hablamos es de empleo, o mejor dicho, de la búsqueda de él.

Pili me narra su jornada. Se levanta a las 8.30 y, mientras se prepara el café, va dándole al botón de inicio de su portátil. Antes aún de tomarse la tostada, está abriendo su mail y, para cuando termina desayunar, ya ha comprobado que no le han contestado de ninguna parte. Todo eso antes de las 9 de la mañana. Lo peor, al parecer, es la falta de respuestas. Muy pocas empresas en España se molestan en mandar, ni tan siquiera, un acuse de recibo del currículo, con lo que, qué duda cabe, que no van a mandar un mail a cada candidato para comunicarles que no han sido seleccionados. La única manera, por tanto, es la espera de la no respuesta como modo de rechazo.

Pero Pili no se rinde (aunque hay días que suena más apagada). Cada día, después de las nueve comienza una nueva jornada de búsqueda de empleo por Internet. Se sabe todas las páginas: la del Ayuntamiento de Cáceres, la de los medios regionales, infojobs, camputrabajo , etc.

Hay otros modos, pero resultan menos eficaces (si cabe). Mili reconoce haberse pateado Cáceres sin saber si su currículo habrá atravesado la barrera que separa el cajón donde los almacenan y el receptor (el posible contratante, que empieza a convertirse en nuestro Yeti español).

Pero ellas son fuertes, trabajadoras, inteligentes y desenvueltas, y si las dejasen, lo demostrarían en cualquier lugar.

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En primera persona

Escuché en la radio hace unos meses a un comentarista que decía que salir fuera de España era lo mejor que podía pasarle a los jóvenes españoles.

Este comentarista desde su cómodo, bien pagado y, mal que bien, respetado trabajo se estaba refiriendo a los más de 400.000 jóvenes que han tenido que emigrar desde que comenzó la crisis. A los que dejaron a sus familiares, relaciones, casas y un proyecto de vida a medias para tener que empezar de nuevo; a los licenciados que no encontraron aquí ni su primer empleo; a los parados con hipotecas que no pudieron aguantar más, pero también a los que no han podido irse porque el dinero que les queda no les permite hacerlo.

Cansada de escuchar lo que es bueno o no para los jóvenes decidí empezar este blog que hace un retrato de la juventud en primera persona y donde todo aquel que lo desee está invitado a participar.