El síndrome Bartleby de Pedro Almodóvar

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Fotografía: José Trejo. Lago Baikal. “Un Extremeño en el Ártico”

Comparto con Pedro Almodóvar un amigo íntimo. Por abreviar, ni es en realidad mi amigo ni creo que Pedro sepa de su existencia. El hecho es que esta persona me desveló un relato acerca de un encuentro que tuvo con el director manchego en un pequeño pueblo del norte de Cáceres, en el que Pedro le ofreció un trabajo en Madrid pero que parecía esconder otras intenciones más carnales, intenciones por otra parte que la mujer del relator, entonces novia y presente en la conversación, no detectó por ningún lado. Esta resumida anécdota, que en su versión extensa es muy divertida, campechana e incluso tierna, es lo más cerca que he estado de una empatía personal hacia el oscarizado y reconocido artista, pues la imagen que proyecta no me parecía afín a mi persona, hasta que hace unos días leo un titular que me sitúa más cerca de Pedro Almodóvar de lo que nunca habría imaginado.

“Una de las cosas que he descubierto en este periodo es que yo ya estaba confinado, que yo ya estaba aislado, que no tenía vida social” (P.Almodóvar)

El confinamiento descubre el nombre a una situación voluntaria (paralela al confinamiento obligado), con una vida social apenas existente y un interés nulo por desarrollarla. La obligatoriedad del confinamiento durante la pandemia ha permitido vivir esta reclusión sin necesidad de justificarla. Ni introvertidos, ni solitarios, ni carentes de habilidades sociales, es más bien el resultado de experiencias.

Desconozco los motivos del director de cine, pero hay cuatro que soportan gran parte del peso, como si fueran cariátides, fuertes, deslenguadas, excepcionales y sobre todo auténticas, cual Chicas Almodóvar.

La primera cariátide es la muerte de seres queridos. La pérdida, el daño irreparable, el desconsuelo, los remordimientos, los fantasmas y la comprensión de nuestra incapacidad para obrar ante la limitación intrínseca a la naturaleza humana, algo tan natural como el fin de la vida. El adiós a seres que amamos es una llave hacia la melancolía, el primer adiós de un amigo abre la puerta para los demás adioses.

La segunda cariátide es la decepción, fruto malogrado de nuestras propias expectativas. La cosecha nefasta tras una siembra azarosa, abonada con mimo, gestada mirando en el mañana que nunca llega y que al término nos da como fruto un traidor aborto. La decepción nos aleja de quienes esperábamos todo, más de lo que ellos nunca ofrecieron, del Aleph que nosotros creamos sin tener siquiera su consentimiento. Y la más hiriente de todas, la decepción propia, el hilar los pensamientos, los hechos y las palabras procurando que no se deshilvane, al menos no tanto como para caer por el agujero.

La tercera cariátide pone trapos calientes que huelen a plancha de carbón sobre nuestra nuca, que nos concilia y desasosiega, porque es la experiencia. Es el barro seco de tus tobillos al atravesar barbechos, es la conciencia limpia que te aleja de la imagen y te acerca al fondo, es el desprendimiento de la costumbre social, de lo superfluo y burdo. Es dar la vuelta al mundo para descubrir que el mejor de los sitios es el punto de partida. El disfrute de la autenticidad y de la soledad.

“Salomón dijo: No hay nada nuevo sobre la tierra. Por eso es por lo que Platón tenía imaginación, todo el conocimiento no fue más que recuerdo; por eso Salomón dio aquella sentencia, toda novedad no es más que olvido” (Francis Bacon, Ensayos, LVIII)

Y la cuarta cariátide del frontal del templo de Erectión, es la negación del mundo, la huída a través del silencio. La palabra más importante del mundo según Javier Cercas: NO. El espíritu Bartleby que se mete en el tuétano.

La escritura, medio para expresarnos, en los rezos del Himalaya, en el desierto de Atacama, en las tumbas de faraones, tatuada en la piel, en la arena de la playa, en los recordatorios de funerales, en los libros de firmas… escribir para emocionar, para que algo en concreto no se olvide, o para Ser, y sin embargo a muchos escritores un día les llega el síndrome Bartleby, como el escribiente de Herman Melville, y se niegan a escribir. De hecho, puede que existan más motivos y más coherentes para no escribir que para hacerlo. El miedo a la exposición, el espanto de la fama que de tantos juicios depende según Séneca, el juicio extremo sobre uno mismo y pensar, porque cuanto más se piensa menos se escribe.

Llegar a la conclusión de que no aportarás nada nuevo ni a la escritura ni a la vida, es un buen motivo para sentarte en tu oficina, no hacer nada y negarte a salir de ella y que tengan que trasladar la empresa, y que te desahucien, y que te lleven a la cárcel, Sr. Bartleby.

En ocasiones encontramos en la oscuridad y en el olvido las grandes historias, el espacio donde desahogarnos y el consuelo de los que quisimos, pero no está demás tener la puerta entreabierta con el pie en la luz.

Puede ser, querido Pedro, que confinado y aislado, pero no sólo, ya que al menos son cuatro cariátides esculpidas a base de cincel y años las que te soportan; y los que se fueron y los que están pero no ves; y lo que cuentas y sobre todo lo que no cuentas. Eso sí que te acompaña siempre.

“El final de la historia sólo es referible en metáforas, ya que pasa en el reino de los cielos, donde no hay tiempo. “J.L.Borges

María José Trinidad Ruiz

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Sobre mjtrinidadru

María José Trinidad Ruiz - Técnico en Informática. Diplomatura Turismo