Fernando Fernán-Gómez. El tiempo amarillo.

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¿Qué eres tú, el protagonista de tu vida o una comparsa de la mía? Pregunta Fernando Fernán-Gómez a un amigo,  encerrando en esta frase mucho de lo que es él: teatro, cine, literatura, ironía, insolencia y genialidad. En plena guerra civil,  su amigo le contesta: Como no tenía ya problemas, añades uno nuevo.

¿Lo es? ¿Es un problema para nosotros sentirnos comparsas de otras vidas y no protagonistas de la nuestra? Lo que somos y lo que creemos ser a veces guarda distancia. Fernán-Gómez quería llevar una vida de lujo, escalar socialmente y por encima de todo, ser un personaje con trascendencia. Lo consiguió y así lo relata con la tozudez que le llevó a no cejar su intento, pero vacío de vanidad. Muchas veces le faltó el dinero pero nunca fue pobre.  La guerra frustró su adolescencia y años después aún recuerda que ese hecho es lo que percibía como más grave de aquel terrible suceso histórico por encima del drama de la tragedia. Recitaba poesía o jugaba a leer en voz alta con el traqueteo de ametralladoras de fondo. Fernán-Gómez nunca dejó de avistar la línea divisoria entre su realidad y su objetivo siendo éste es el paso más importante para poder saltarla.

El Tiempo Amarillo es su autobiografía, sus memorias contadas con su peculiar manera de ver la vida y  de estar en el mundo. Ardua tarea la de ser fiel a sí mismo. ¿Puede interesar a alguien la vida del hijo de un cómico y que al llegar a su jubilación sigue siendo eso, un cómico? Si, interesa. Tanto como para que el documental La silla de Fernando, testimonio de un artista, cautive al público y se proyecte en el cine. Para llegar a  Fernando Fernán-Gómez, hay que leerle, verle y escucharle; sin prejuicios y con el alma y la curiosidad abiertos de par en par.

Fernando Fernán-Gómez, perspicaz adolescente, llamaba a las puertas de sus criadas por la noche, cuando todos dormían, pero ellas nunca le abrieron, o al menos María. Las costumbres se acomodan en nuestro ADN como el óxido en las rejas de los balcones, revistiéndolas primero con suavidad corcomiéndolas después con saña. Helo aquí.

Lo crió su abuela, Doña Carola, y este hecho no necesita adornos. Su madre era la belleza y el enigma, en una ausencia constante.  Concibe una mujer teatralizada e inverosímil,  una Marlene Dietrich imperecedera, el amor como destrucción y atracción a partes iguales, promiscuo y vividor. El pudor, la timidez y el temor a represalias le hacen callar situaciones comprometidas, o eso dice él. Saber que alguien guarda silencio ya es saber.

Un actor con vocación por el cine que pasó por el teatro de forma obligada. “No me agrada el contacto con el público. Lo que menos me agrada del teatro es que mientras uno trabaja el público esté”. Detestaba el añorado calor del público que tanto ansían los actores. Con un mal carácter, eso sí cultivado a conciencia (palabras suyas), su legendaria antipatía troca en leyenda cuando rascas en su razonamiento sostenido en su profesionalidad, como estar días sin hablar con nadie, inmerso en su personaje, tal y como requiere el método Stanislavsky.

Una visión carente de tópicos, estereotipos o ideas generalizadas. La falta de filtro embelesa a veces desde la incomodidad ya que posee el extraordinario don de dejar de mirar lo que otros ven, para proyectar su propia mirada sobre ello.

De tanto escucharlo he descubierto lo que sucede. Las ganas de ser te hacen creer serlo. La similitud no es si no admiración.  La claridad en sus palabras, en sus ideas, en sus sentimientos tiernos y amables en ocasiones, irreverentes  y procaces los más. La mediocridad no llegó a alcanzarle, siempre voló más alto. Fernando Fernán-Gómez, una mente brillante y un trabajador incansable.

 

“Mi querido nieto, hoy recibo carta de tu madre, de Santander, en la cual me dice que ha visto las fotos para el estreno de Cristina y que estás muy bien, que, si puede irá a verla. Y hoy 15 también me han pedido tus señas de Barcelona. No sé quién será pero me figuro será cosa de películas, pues yo quisiera que te hicieras popular lo antes posible. Estudia bien la mímica y no abandones tu porte de buena figura. Tu madre ha mandado de Gijón un poco de mantequilla, ¡no sabes lo que siento el que tú no la comas también! Cuídate lo mejor que puedas, y a vivir y hacerse célebre. Cuida la ropa, que cuesta muy cara. Recibe el cariño de tu abuela que es el más verdadero. Yo voy estando algo mejor, pero tengo dentro de mí un cuerpo extraño que me preocupa; sobre todo por las noches, me quita el sueño. Te quiere. 

Carolina Gómez. 

16 abril 943″

 

 

 

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María José Trinidad Ruiz - Técnico en Informática. Diplomatura Turismo